Ruta Ausangate: una aventura a la Montaña de Colores
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Cuando regresamos a Cusco, las suelas de nuestras botas estaban teñidas de rosado. Una lluvia ligera había humedecido la tierra del Valle Rojo y, sin darnos cuenta, nos habíamos llevado un pequeño recuerdo de aquellas montañas.

Nuestra caminata de tres días por Ausangate hasta la Montaña de Colores nos había llevado a atravesar extensos pastizales andinos, pasos de montaña y valles donde las lagunas glaciares aparecían entre las laderas. Habíamos caminado bajo la mirada del imponente Apu Ausangate, cuya cumbre nevada continuaba visible incluso cuando el resto del paisaje comenzaba a oscurecer.

El viento nos obligaba a bajar la cabeza, pero las montañas siempre encontraban una manera de hacernos levantarla otra vez.

Todo había comenzado en Cusco, con un viaje hacia el sur y una parada para probar pan recién horneado.

Día 1 El camino hacia Ausangate

  • Pan y café en Oropesa

Salimos del hotel temprano, todavía medio dormidos, al frío de la mañana. Las calles de Cusco comenzaban a llenarse. La gente salía a trabajar y el silencio que habíamos encontrado al dejar el hotel iba cediendo al movimiento de la ciudad.

Tomamos la carretera hacia el valle sur. Poco después, nuestro guía propuso detenernos en el pueblo de Oropesa para probar sus panes artesanales.

El pan chuta era enorme. Redondo, ligeramente dulce y de miga suave, con adornos de flores y pasas dulces esparcidos en su superficie, parecía demasiado incluso para un grupo de caminantes con hambre. Hasta que nuestro guía nos explicó que estaba hecho para compartir. Con eso se entendía su tamaño. Lo partimos entre todos mientras los dueños nos acercaban un café de cortesía.

Los panaderos nos invitaron a pasar para conocer sus hornos de barro. La leña ardía dentro y el olor a pan recién hecho llenaba el lugar. Había panes compactos de trigo, otros trenzados y algunos con formas abiertas, llamados rejillas. Las chutas tenían distintos tamaños y diseños, aunque todos parecían pensados para reunir a varias personas alrededor de la mesa.

Conocimos un poco de la tradición panadera del pueblo denominado "La capital del Pan en Perú" y del agua de sus manantiales, a la que se atribuye parte del sabor de sus panes. Escuchábamos con el café entre las manos y, de vez en cuando, tomábamos otro pedazo.

Las montañas nos esperaban. Aun así, daba pena dejar una panadería que nos había recibido de esa manera.

Horno tradicional de Pan en Oropesa Cusco
Horno tradicional de pan en la localidad de Oropesa en Cusco
  • La carretera por el Valle Sur del Cusco

Retomamos el viaje entre pueblos que se extendían junto a la carretera y otros que se veían a lo lejos, entre los campos. La luz de la mañana brillaba sobre la gran laguna Huacarpay. En las orillas del humedal, bordeadas de juncos, se movían las aves.

Cerca del letrero del Parque Arqueológico de Pikillacta, una majestuosa estructura piramidal de piedra. Apenas habíamos terminado de observar la laguna cuando aquella silueta inesperada nos hizo apartar la vista del agua. Se trataba de Rumicolca, un vestigio arqueológico de los Wari, una cultura antigua anterior a los incas.

Después apareció Urcos. Primero vimos una pequeña iglesia sobre una loma, luego la laguna y las casas agrupadas a su lado. En lo alto del cerro, un Cristo Blanco dominaba la vista del pueblo.

Tomamos la carretera hacia el este, la que conduce hacia la selva amazónica y la frontera con Brasil y comenzamos a subir. El valle del Vilcanota iba quedando abajo, con el río brillando entre las laderas. Cada curva revelaba una parte más de su recorrido. Los campos y pueblos que acabábamos de atravesar se volvían pequeños dentro de aquel paisaje.

Más arriba, la pendiente se suavizó. Las casas de adobe aparecían junto a los campos de cultivos, llamados chacras, separadas por largos tramos de campo abierto. Los pueblos repetían un patrón interesante: una plaza, una iglesia y una casa con techos de teja roja. Detrás de las viviendas se levantaban colinas verdes que se superponían gradualmente hasta alcanzar el cielo.

Vista de Rumicolca en el Valle sur del Cusco
Estructura pre-inca de Rumicolca
  • Cruce de miradas con el Ausangate

Mientras observábamos los encantadores pueblos en el camino, percibimos la mirada del gran nevado Ausangate. Al principio podíamos verlo entero por la ventanilla. Su cumbre blanca sobresalía detrás de los cerros cercanos y nos acompañaba mientras avanzábamos. Durante los días siguientes nos acercaríamos tanto que ya no sería igual de sencillo abarcarlo con la mirada.

En el pueblo de Tinki nos detuvimos a desayunar y conocimos al equipo que nos acompañaría. Estaban el guía principal y dos guías de apoyo, los cocineros y sus asistentes, y los arrieros con sus caballos. Organizamos nuestras cosas, guardamos lo necesario en las mochilas de caminata y entregamos el resto para su traslado.

  • Inicio de caminata a Ausangate

Antes de empezar, hicimos una pequeña ofrenda de hojas de coca a la Pachamama, la Madre Tierra, y pedimos permiso para entrar en los dominios del Ausangate. Los guías nos hablaron del apu, el nevado sagrado cuya figura habíamos observado durante el viaje e incluso días antes desde la ciudad del Cusco.

Nos indicaron la gran importancia que tiene en las tradiciones y creencias de los pueblos andinos del Cusco y su relación con la cosmovisión andina y legado inca.

Paisaje en la caminata hacia Upis durante la ruta Ausangate a Montaña de Colores
Sendero hacia la Comunidad de Upis
  • La caminata a Upis

El primer tramo de caminata nos permitió encontrar nuestro ritmo. El sendero subía con suavidad entre pastizales verdes y pardos, pequeñas chacras y piedras dispersas por las laderas. Las llamas y alpacas levantaban la cabeza al vernos pasar. Sus pelajes blancos, marrones y negros destacaban sobre el pasto.

La montaña parecía crecer con cada paso. Alternábamos la mirada entre la cumbre y el suelo, atentos a dónde pisábamos. Poco a poco, la distancia dejó de ser algo que observábamos por una ventana y empezó a sentirse en las piernas.

Los cocineros se habían adelantado para preparar el almuerzo. Encontrarlos allí, con la comida lista en medio de aquel paisaje, fue un alivio. Comimos, descansamos un rato y retomamos el camino a la Comunidad de Upis, todavía con buena parte de la tarde por delante.

Foto alpacas en el Camino hacia upis durante la caminata Ausangate
Alpacas en la naturaleza durante la caminata Ausangate
  • Aguas Termales de Upis

La comunidad se encontraba muy cerca del nevado Ausangate. Junto al campamento había pozas de agua mineral de tono pardo, con plantas creciendo en sus bordes. Aprovechamos el tiempo libre para entrar en las aguas termales de Upis y dejar que el calor aflojara los músculos después de la caminata.

Más tarde salimos a dar un paseo a caballo bajo un cielo que empezaba a dorarse. La cara noreste del Ausangate recibían la última luz del atardecer y el frío regresaba a medida que bajaba el sol.

La cena volvió a reunirnos. Sostuvimos las tazas calientes entre las manos bajo un cielo lleno de estrellas. A nuestro alrededor, el terreno se perdía en la oscuridad, pero la nieve conservaba suficiente claridad para distinguir la montaña.

Cuando llegó la hora de dormir, todavía podíamos ver el Ausangate, que parecía devolvernos la mirada.

Turista paseando en caballo en el campamento de Upis cerca al Apu Ausangate durante la caminata Ausangate
Paseo a caballo en el Campamento Upis
Aguas termales en Upis brotando naturalmente del suelo durante la caminata a Ausangate
Aguas volcánicas brotando del suelo
Aguas Termales de Upis en la ruta Ausangate
Baños Termales de Upis

Día 2 Lagunas y abras a los pies del Ausangate

  • La mañana en la laguna Upis

El segundo día comenzó con una bebida caliente en la carpa. Mate de coca o café, y unos minutos para apreciar las luces del alba antes de prepararnos.

Una neblina ligera cubría los pastizales. Las llamas y alpacas ya se movían por las laderas y el viento recorría el campamento. Sobre ellas, el Ausangate despertaba a medida que las suaves nubes que lo cubrían se apartaban en el cielo de la mañana.

Campamento Upis en las faldas del nevado Ausangate
Un amanecer fresco en las faldas del Apu Ausangate

Tomamos un desayuno sustancioso, recogimos nuestros snacks para el camino y acomodamos las mochilas. Después de hacer unos ejercicios de calentamiento y otra pequeña ofrenda a la montaña, comenzamos el ascenso hacia la laguna Upis.

Los hilos de agua del deshielo brillaban en las laderas. Bastaba seguirlos con la mirada para reconocer el recorrido del agua que bajaba del glaciar y formaba un rio.

  • La increíble Laguna Upis

Luego de una hora de caminata la laguna apareció detrás de una orilla pedregosa, con una gran superficie turquesa en la que se adivinaban tonos verdes y azules. En sus bordes descansaban enormes rocas y una torre de observación que permitía contemplarla desde otro ángulo. Intentábamos abarcar toda su extensión con la mirada y enseguida volvíamos a mirar el hielo que la alimentaba, el cual nacía desde el mismo Ausangate.

También había insectos, muchos más de los que esperábamos encontrar en un lugar tan alto (4,549 m.s.n.m). Incluso allí, tan cerca del glaciar, la vida se hacía notar sobre el agua.

Descansamos junto a la orilla y compartimos otro momento con hojas de coca antes de continuar. El sendero se volvió más empinado y rocoso. Entre las piedras aparecían pequeñas pozas, y de vez en cuando distinguíamos la casa de algún pastor, apartada de las comunidades más grandes. Los animales pastaban donde el agua de la montaña mantenía verde el suelo.

Vista del Lago Upis en la ruta Ausangate
La inmensa laguna de Upis
  • El viento del Abra Arapa

Continuamos nuestro camino hacia el Abra Arapa a 4,872 m.s.n.m. Mientras mas subíamos, las rocas crecían en tamaño y la vegetación escaseaba. Al acercarnos al Abra Arapa, las lomas cubiertas de pasto dieron paso a una planicie llana con pequeñas piedras sobrevivientes a la erosión del viento.

En el paso de montaña, el aire nos golpeaba la ropa. Nos detuvimos y levantamos la vista.

El Ausangate ocupaba tanto espacio que ya no podíamos contemplarlo sin mover la cabeza. Seguíamos la roca hacia la nieve y luego un poco más arriba. La montaña que antes cabía en la ventanilla ahora nos obligaba a alzar la mirada cada vez más.

Estar tan cerca imponía. La veíamos con claridad y, aun así, costaba entender su tamaño.

Casa de pobladores en la subida al abra Arapa en Ausangate
Casa de pastores en el camino
Caminantes subiendo hacia el abra Arapa en Ausangate
Subida al abra Arapa
Foto de caminante en el abra Arapa dentro del nevado Ausangate
Paisajes del abra Arapa
  • Descenso del Abra Arapa

Comenzamos el descenso entre pequeñas lagunas y pozas. Una de ellas llamó nuestra atención por el verde tan oscuro de sus aguas, casi negro en algunos puntos. Nos preguntábamos qué profundidad tendría cuando empezó a caer una llovizna.

La lluvia difuminó las laderas lejanas. Los colores se apagaron y la laguna pareció todavía más oscura. Continuamos por encima de un valle surcado de múltiples riachuelos de agua que como raíces se extendían hacia las zonas mas bajas. Las veíamos y escuchábamos antes de encontrar su origen, una gran laguna tras la montaña.

Foto de laguna de aguas oscuras en la ruta Ausangate
Laguna de aguas oscuras y profundas cerca al Ausangate
Turista admirado a las orillas de una laguna andina en Ausangate
Admirando las aguas profundas de los lagos andinos
Foto en picada de lagunas andinas en la ruta Ausangate
Espejos de agua durante el descenso del abra Arapa
  • Entre las lagunas de Pucacocha

El camino nos llevó por un paso rocoso cuyas paredes se estrechaban junto al agua. Más adelante, las lagunas de Pucacocha se extendían a los pies del Ausangate.

Era difícil reunir todos sus colores en una sola mirada. Una superficie tendía al verde esmeralda; otra, al turquesa. Más allá aparecía un azul pálido. El agua cambiaba de tono según nuestra posición y la luz que caía sobre ella.

Hatun Pucacocha y Huchuy Pucacocha, la laguna grande y la pequeña, ocupaban los pliegues del valle y el regazo del Apu Ausangate. Había patos y gansos andinos junto a las orillas. Las corrientes atravesaban el pasto entre los bordes de piedra y, donde miráramos, algo se movía.

Por encima se levantaba el glaciar, blanco y azulado. Cuando la luz aumentaba, la nieve brillaba tanto que nos hacía apartar los ojos. Bajábamos la mirada hacia las lagunas y, al poco rato, volvíamos a levantarla.

Nos quedamos quietos un momento, observando las aves junto al agua, bajo aquella enorme pared de hielo.

Los cocineros habían encontrado un lugar cercano para preparar el almuerzo. Nos reunimos con ellos sin perder de vista las lagunas. A esas alturas ya entendíamos mejor cuánto trabajo había detrás de cada descanso. Mientras nosotros nos deteníamos a contemplar el paisaje, el equipo avanzaba con las provisiones y se encargaba de que hubiera comida lista cuando llegáramos.

Comimos con calma. Esa tarde todavía nos esperaba otro paso de montaña.

Foto de las lagunas hatun pucacocha y huchuy pucacocha en la ruta Ausangate a la montaña de Colores
Vista de la gran laguna Pucacocha en Ausangate
  • Ascenso al abra Apacheta

A medida que subíamos, las lagunas de Pucacocha se extendían debajo de nosotros. La altura revelaba orillas y formas que no habíamos alcanzado a distinguir mientras caminábamos junto al agua.

En la ladera se levantaban formaciones rocosas, algunas estrechas y verticales, otras agrupadas en grandes bloques. Más arriba, junto al glaciar, apareció otra laguna. Su agua celeste brillaba muy por encima de las demás, como si fuera de plata o plomo líquido.

La observábamos perplejos cuando nos dimos cuenta de que unas vicuñas salvajes también se habían quedado inmóviles ante aquel encanto.

Permanecían quietas entre las piedras y el pasto, con sus siluetas delgadas destacando en el terreno abierto. Por un momento parecieron no haber advertido nuestra presencia, hasta que sintieron nuestra mirada y escaparon velozmente. Las observamos perderse en la distancia antes de retomar el ascenso.

Caminante superando el paso de montaña Apacheta con vistas de la laguna Pucacocha en la caminata Ausangate
Ascenso al Abra Apacheta
Vistas de vicuñas salvajes cerca al abra Apacheta en Ausangate
Vicuñas salvajes cerca al abra Apacheta
  • La voz del gran Apu

En lo alto del abra Apacheta sobre los 4,900 m.s.n.m , el viento nos alcanzaba por ambos lados. Del Ausangate llegaba un aire frío, mientras que a nuestras espaldas subía una brisa más suave del valle de Ananta. Al girarnos podíamos sentir la diferencia en el rostro.

La cumbre se veía mejor, aunque el brillo del hielo todavía nos obligaba a entrecerrar los ojos. De pronto, escuchamos un estruendo que venía desde lo alto del Apu. Su hielo perpetuo parecía intentar hablarnos con un retumbar profundo e intenso que no solo nos causó impresión, sino un sobrecogedor temor. Al igual igual que aquellas vicuñas nos quedamos inmóviles, tratando de interpretar aquel sonido.

Alrededor del paso había apachetas, pequeños montículos de piedras. Después de las ofrendas que habíamos compartido con los guías, prestábamos más atención a esas muestras de respeto. Con el viento sobre el cuerpo y tanto hielo por encima, daban ganas de quedarse un momento más antes de continuar.

Vista del Apu Ausangate desde el paso de montaña Apacheta
Cima del abra Apacheta en Ausangate
  • Descenso al Valle de Ananta

El descenso trajo un cambio gradual mientras el aire se sentía más templado. El rojo apareció entre los tonos pardos y verdes de los cerros, primero en pequeñas franjas y después en extensiones más amplias de las laderas altas.

En el valle había lagunas pequeñas. Las llamas y alpacas pastaban cerca de las casas de los pastores, y el suelo cubierto de hierba resultaba acogedor después de tanta piedra expuesta al viento.

El campamento nos esperaba en Ananta bajo las faldas del Apu Takusiri. Nos acomodamos en las carpas, cenamos y recién entonces sentimos todo el cansancio del día.

Esa noche volvieron las estrellas. El Ausangate seguía elevándose a lo lejos sobre el valle, pero nosotros descansábamos al abrigo de sus laderas, entre pastizales y cerros rojos. A la mañana siguiente seguiríamos camino a la Montaña de Colores.

Camino de descenso hacia el valle de ananta desde el abra apacheta en el Ausangate Trek
Sendero que conduce desde el abra Apacheta hacia el valle de Ananta
Lagunas en el Valle de Ananta en Ausangate
Laguna en el valle de Ananta

Día 3 La Montaña de Colores y el Valle Rojo

  • El ascenso al abra Warmisaya

Las llamas y alpacas estuvieron entre nuestras primeras visitas de la mañana. Se acercaban a las carpas y miraban aquellas formas extrañas que habían aparecido en sus pastizales. Mientras terminábamos de despertarnos, observábamos sus siluetas, sus pelajes de increíbles patrones y colores. El equipo de cocina nos acercaba las bebidas calientes.

Durante el desayuno hablamos de lo último quedaba para terminar nuestro Ausangate trek. La Montaña de Colores estaba cada vez más cerca. Antes de llegar, teníamos que superar el abra Warmisaya, nuestro último abra, sin considerar que la misma Montaña de Siete Colores es un abra en sí misma.

Comenzamos a caminar por el valle con el rebaño de alpacas y su perro pastor avanzando en la misma dirección. Por un rato pareció que llevábamos una gran escolta. Después se desviaron hacia unas lagunas estacionales, un lugar encantador en donde todas se reunieron para comer, correr y descansar. Una escena maravillosa que nos sorprendió antes de continuar el ascenso. Los vimos chapotear y moverse en el agua antes de que el sendero nos llevara más arriba.

Los colores aparecían con mayor frecuencia en las laderas. Franjas rojizas cruzaban terrenos verdosos. En las crestas cercanas se distinguían ocres y naranjas suaves, mientras los tonos más fríos quedaban en la distancia. Aquellos arcoíris de 3 o 4 colores nos daban algo que observar durante el ascenso y adelantaban lo que encontraríamos más adelante.

Manada de alpacas bañandose en un lago estacional sobre las montañas de los andes en el Ausangate
Llamas y alpacas dándose un baño en una pequeña laguna
Montañas multicolores en el valle de Ananta
Montañas multicolores en el valle de Ananta
  • Abra Warmisaya

En el Warmisaya a 4,976 m.s.n.m., la vista volvió a abrirse. El Ausangate sobresalía detrás de las cumbres que habíamos dejado atrás y aparecieron lagunas que habían permanecido ocultas entre los cerros. Descendimos hacia una de ellas, de aguas verdes, oscuras y quietas, bajo las cumbres nevadas.

Nos detuvimos a descansar en la orilla. Después del viento del abra, daba gusto contemplar una superficie tan tranquila. Más adelante, pequeñas pozas acompañaban el sendero y las aves se apartaban al escuchar nuestros pasos.

El rojo de las laderas se hizo más intenso. Llevábamos buena parte de la mañana observando cerros de varios colores cuando de repente apareció Vinicunca, casi sin darnos cuenta.

De pronto, sus franjas estaban frente a nosotros.

Vista desde la cumbre del Abra Warmisaya antes de llegar a la montaña de colores
Vista desde el abra Warmisaya
Tramo final de la caminata hacia la montaña de colores
Sendero que conduce hacia la Montaña de Colores
Primera vista de la Montaña de colores junto a unas alpacas
Primera vista de la Montaña de Colores
  • Frente a la Montaña de Colores

La Montaña de Colores, también llamada Vinicunca, recibía la luz de la mañana sobre su ladera. Las franjas se acomodaban una junto a otra, inclinadas, siguiendo la forma de la cresta.

Llevábamos tres días caminando hacia aquella vista. Aun así, el encuentro fue repentino. Las montañas cercanas nos habían mostrado tantas variaciones de rojos y verdes que Vinicunca parecía surgir entre ellas con naturalidad. La reconocimos al acercarnos.

Haber salido temprano del campamento nos permitió llegar a los miradores cuando todavía había pocos visitantes esa mañana. Tuvimos tiempo para contemplarla, cambiar de posición y volver a mirar.

Ahora observábamos esos colores con el recuerdo de las lagunas, los pastizales y los pasos que habíamos cruzado. El Ausangate seguía formando parte de la vista. Podíamos recorrer el terreno con los ojos y recordar cuánto nos había costado atravesarlo a pie.

La contemplamos durante bastante tiempo antes de continuar hacia el Valle Rojo.

Vista de la montaña de colores en la ruta Ausangate
Montaña de Colores o Vinincunca
  • La tierra roja en nuestras botas

El Valle Rojo se extendía mucho más de lo que habíamos imaginado. Las laderas y cumbres se sucedían unas detrás de otras, con manchas de pasto verde sobre la tierra descubierta. El rojo en diversos tonos continuaba a lo lejos y se volvía más profundo en las zonas de sombra.

En las cumbres distantes todavía quedaba nieve. Algunas aves cruzaban el cielo y las llamas pastaban donde crecía la hierba. Seguimos el sendero entre aquellos cerros hasta que nos sorprendió una lluvia ligera, no solo a nosotros sino a una vicuñas que corrían libremente.

El agua oscureció el suelo. El polvo se convirtió en tierra húmeda y, cuando miramos hacia abajo, las suelas de nuestras botas se habían teñido de rosado.

Era un detalle diminuto en comparación con la inmensidad del paisaje, pero nos transportaba a un escenario misteriosamente ajeno a nuestro propio planeta. Continuamos sintiendo esa extraña sensación a medida que avanzábamos.

Vista panoramica del Valle Rojo cerca a la Montaña de Colores en la Ruta Ausangate
Vista panorámica del Valle Rojo de Ausangate
Turista apreciando las vistas del Valle Rojo luego de visitar la montaña de Colores
Contemplando el Valle Rojo
Pareja de turistas caminando sobre las montañas rojizas del Valle Rojo
El Valle Rojo un paisaje sin igual
  • Un descanso acompañado de chicharron de alpaca

Durante el retorno a la Montaña de Colores, nos encontramos con más visitantes y locales vendiendo provisiones. Nos llamó la atención un platillo de comida peruana preparado en el lugar, el chicharrón de alpaca: la carne, dorada y crujiente por fuera pero suave por dentro, venía acompañada por una fresca ensalada de cebolla y menta.

Después del frío y de toda la mañana caminando, nos supo especialmente bien.

  • Retorno a Cusco

Observamos la Montaña de Colores por última vez antes de emprender el descenso. Más adelante nos esperaba el último almuerzo preparado por nuestro equipo de cocina y, después, el regreso a Cusco. Habíamos alcanzado nuestro objetivo, pero, al mirar atrás, comprendimos que esta aventura había sido mucho más que llegar a nuestro destino.

Cada paso había valido la pena. Las pausas para recuperar el aliento, las comidas compartidas, las noches bajo las estrellas y los paisajes que nos sorprendieron a lo largo del camino. Recordamos también la calidez del equipo de campamento, que nos recibió con tanto cariño al final de cada jornada, y el cuidado de nuestros guías, siempre atentos a nosotros. Todos habían sido parte esencial de una experiencia que recuerdo aún ahora.

Pero, sobre todo, nos llevábamos una profunda gratitud hacia el Apu Ausangate, que nos había permitido recorrer sus dominios y contemplar algunas de sus maravillas. Mientras nos alejábamos, él permanecía allí, inmenso y silencioso, con su cumbre eternamente blanca, como si todavía nos acompañara con la mirada.

Nos despedimos de aquellas montañas con cierta nostalgia. Ya comenzábamos a extrañar el viento frío de las mañanas, la quietud de las lagunas y las noches en las que el cielo parecía estar tan cerca de nosotros. Subimos al vehículo con las piernas cansadas y el corazón lleno de recuerdos.

Y mientras el Ausangate desaparecía lentamente en la distancia, en nuestras botas todavía quedaba un poco del Valle Rojo.

Vista de la Montaña Ausangate desde la ciudad del Cusco
Vista del Apu Ausangate desde el Cusco

Nuestra caminata a Ausangate terminó, pero las montañas siguen allí, esperando a quienes quieran conocerlas paso a paso. Tal vez la próxima historia de Ausangate sea la tuya.

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